7º día. Mañana en Taroudant y Viaje a Essauira
Nos levantamos en Taroudant temprano para desayunar pronto y poder visitar la ciudad de día. El desayuno servido en una mesa comunitaria en el amplio hall estuvo, como suele ser común, bastante bien y completo. Dejamos las maletas en recepción y nos fuimos de paseo. Queríamos visitar la plaza con luz, las tenerías, una vista panorámica desde una de las entradas a la ciudad que se anunciaba como bonita, en fin, pasear por las calles.
Paseamos desde el hotel hacia la plaza, en busca de la puerta de salida para ir a las tenerías, que están fuera del recinto amurallado. Llegando allí, el encargada enseguida se acercó a nosotros para mostrarnos todo el recinto y explicarnos, en inglés, los distintos pasos que se hacían con las pieles. Nos dieron unas hojas de menta para que fuéramos oliéndolo y evitar, en la medida de lo posible, el olor que las pieles y su proceso producían. Usaban pieles de cabra, oveja, vaca y camello. Lo primero es limpiarlas de grasa, pelo y carne y lavarlas. Luego las ablandan en baños con ácidos y sales; seguidamente se curten con distintos productos para acabar tiñéndolas y secando. Para este proceso usan distintas cubetas grandes que se disponen en filas y columnas y que da ese aspecto general de suciedad. Allí estaban trabajando bastantes hombres, alrededor de 20. Por supuesto que tienen luego la tienda en la que se exponen en distintas salas los artículos: alfombras, bolsos, babuchas, carteras, pubs, etc..... Nosotros antes de entrar en la tienda, le dimos ya la propina de manera que nos encontramos más libres para salir sin hacer ninguna compra.
Recorrimos un trayecto de muralla por el interior, nos introducimos de nuevo en el interior de la ciudad para atravesar y subir a una de las entradas en la que había unas escaleras para contemplar la vista de la que nos habían hablado, pero que, en realidad, no tenía gran interés. Decidimos comer allí mismo, en la plaza, en el restaurante que estaba señalado en el plano que nos dieron en el hotel que resultó ser el mismo sitio que nos recomendó el muchacho con el que estuvimos charlando y tomando té el día anterior. Era el Café les Arcades. Allí, en la terraza tomamos el plato del día que consistía en ensalada - que nosotros cambiamos por vegetables-, tajin - que lo elegimos de pollo y sólo tenía pollo, sin más verdura que la cebolla- y fruta. Parecía el lugar al que íbamos todos los turistas, pues al poco de llegar se fue llenando todo de occidentales para almorzar.
Tras recoger las maletas en el hotel, fuimos al coche y nos planteamos cuál de las dos rutas que nos daba google maps elegir: una interior, de 281 km u otra que iba por la costa, una vez pasado Agadir, -264km- . Elegimos esta última porque en nuestra intención primera del viaje era recorrer la costa y no lo habíamos hecho, aunque dudábamos de que mereciera la pena. En efecto, no mereció la pena: ni el camino, ni las vistas; únicamente algunas playas tras pasar Agadir. Sin embargo, la carretera fue larguísima y se nos hizo el viaje muy pesado. Teníamos que llegar a Essauira a las 20:30 como muy tarde, puesto que en eso habíamos quedado con los dueños del hotel esa mañana, cuando nos enviaron un whatsApp.
Llegamos a Essauira a esa hora justa, pero nos costó encontrar el Dar porque el coche había que dejarle en las afueras; no se podía entrar al centro de la ciudad con vehículos. Así que, aparcamos el coche y llegamos al hotel a las 20:45. Nos estaban esperando los dueños, una pareja de italianos que se habían instalado allí y que regentaban ese negocio, junto con otro en México, en el Yucatán, donde habían vivido anteriormente. Ellos nos dieron el plano de la ciudad, nos recomendaron qué hacer y ver, así como restaurantes para poder ir a cenar.
El hotel era Dar El Paco. No era muy allá puesto que no tenía ningún atractivo especial. El hall era pequeño, las escaleras de acceso a las distintas plantas donde estaban las habitaciones eran estrechas y los baños de éstas daban todas a un patio semiabierto en la parte superior. La habitación estaba decorada con telas y lámparas de mesilla que hacían en un principio parecer más acogedora y bonita de lo que en realidad era.
En cuanto dejamos el equipaje en la habitación nos fuimos a la calle a dar una vuelta por la ciudad. Es una antigua colonia portuguesa cuya economía gira en torno a la pesca y al comercio de artesanía: marquetería y joyería, además del turismo, cada vez más numeroso. La ciudad estaba llena de turistas y se percibía ese ambiente costero y cálido de las ciudades con playa y costa. Fuimos en busca de uno de los restaurantes que nos recomendaron porque tenían pescado; justo, al que ellos mismos iban a ir. Nos costó un poco encontrarlo, incluso nos sentamos en otro distinto, al lado, pensando que era el mismo. Y es que, el restaurante resultó ser uno italiano, posiblemente amigos o familiares de los dueños del hotel. Tenían espaguetis con diferentes guisos, así que elegimos uno con pulpo y otro con mejillones. Aunque no era lo que habíamos pensado, cenamos bien y, además por primera vez en el viaje, con vino tinto.
Al terminar de cenar, nos fuimos. Las calles estaban ya bastante vacías y no había ambiente en ellas.
8º día Final del viaje.
Nos levantamos en Taroudant temprano para desayunar pronto y poder visitar la ciudad de día. El desayuno servido en una mesa comunitaria en el amplio hall estuvo, como suele ser común, bastante bien y completo. Dejamos las maletas en recepción y nos fuimos de paseo. Queríamos visitar la plaza con luz, las tenerías, una vista panorámica desde una de las entradas a la ciudad que se anunciaba como bonita, en fin, pasear por las calles.
Paseamos desde el hotel hacia la plaza, en busca de la puerta de salida para ir a las tenerías, que están fuera del recinto amurallado. Llegando allí, el encargada enseguida se acercó a nosotros para mostrarnos todo el recinto y explicarnos, en inglés, los distintos pasos que se hacían con las pieles. Nos dieron unas hojas de menta para que fuéramos oliéndolo y evitar, en la medida de lo posible, el olor que las pieles y su proceso producían. Usaban pieles de cabra, oveja, vaca y camello. Lo primero es limpiarlas de grasa, pelo y carne y lavarlas. Luego las ablandan en baños con ácidos y sales; seguidamente se curten con distintos productos para acabar tiñéndolas y secando. Para este proceso usan distintas cubetas grandes que se disponen en filas y columnas y que da ese aspecto general de suciedad. Allí estaban trabajando bastantes hombres, alrededor de 20. Por supuesto que tienen luego la tienda en la que se exponen en distintas salas los artículos: alfombras, bolsos, babuchas, carteras, pubs, etc..... Nosotros antes de entrar en la tienda, le dimos ya la propina de manera que nos encontramos más libres para salir sin hacer ninguna compra.
Recorrimos un trayecto de muralla por el interior, nos introducimos de nuevo en el interior de la ciudad para atravesar y subir a una de las entradas en la que había unas escaleras para contemplar la vista de la que nos habían hablado, pero que, en realidad, no tenía gran interés. Decidimos comer allí mismo, en la plaza, en el restaurante que estaba señalado en el plano que nos dieron en el hotel que resultó ser el mismo sitio que nos recomendó el muchacho con el que estuvimos charlando y tomando té el día anterior. Era el Café les Arcades. Allí, en la terraza tomamos el plato del día que consistía en ensalada - que nosotros cambiamos por vegetables-, tajin - que lo elegimos de pollo y sólo tenía pollo, sin más verdura que la cebolla- y fruta. Parecía el lugar al que íbamos todos los turistas, pues al poco de llegar se fue llenando todo de occidentales para almorzar.
Tras recoger las maletas en el hotel, fuimos al coche y nos planteamos cuál de las dos rutas que nos daba google maps elegir: una interior, de 281 km u otra que iba por la costa, una vez pasado Agadir, -264km- . Elegimos esta última porque en nuestra intención primera del viaje era recorrer la costa y no lo habíamos hecho, aunque dudábamos de que mereciera la pena. En efecto, no mereció la pena: ni el camino, ni las vistas; únicamente algunas playas tras pasar Agadir. Sin embargo, la carretera fue larguísima y se nos hizo el viaje muy pesado. Teníamos que llegar a Essauira a las 20:30 como muy tarde, puesto que en eso habíamos quedado con los dueños del hotel esa mañana, cuando nos enviaron un whatsApp.
Llegamos a Essauira a esa hora justa, pero nos costó encontrar el Dar porque el coche había que dejarle en las afueras; no se podía entrar al centro de la ciudad con vehículos. Así que, aparcamos el coche y llegamos al hotel a las 20:45. Nos estaban esperando los dueños, una pareja de italianos que se habían instalado allí y que regentaban ese negocio, junto con otro en México, en el Yucatán, donde habían vivido anteriormente. Ellos nos dieron el plano de la ciudad, nos recomendaron qué hacer y ver, así como restaurantes para poder ir a cenar.
El hotel era Dar El Paco. No era muy allá puesto que no tenía ningún atractivo especial. El hall era pequeño, las escaleras de acceso a las distintas plantas donde estaban las habitaciones eran estrechas y los baños de éstas daban todas a un patio semiabierto en la parte superior. La habitación estaba decorada con telas y lámparas de mesilla que hacían en un principio parecer más acogedora y bonita de lo que en realidad era.
En cuanto dejamos el equipaje en la habitación nos fuimos a la calle a dar una vuelta por la ciudad. Es una antigua colonia portuguesa cuya economía gira en torno a la pesca y al comercio de artesanía: marquetería y joyería, además del turismo, cada vez más numeroso. La ciudad estaba llena de turistas y se percibía ese ambiente costero y cálido de las ciudades con playa y costa. Fuimos en busca de uno de los restaurantes que nos recomendaron porque tenían pescado; justo, al que ellos mismos iban a ir. Nos costó un poco encontrarlo, incluso nos sentamos en otro distinto, al lado, pensando que era el mismo. Y es que, el restaurante resultó ser uno italiano, posiblemente amigos o familiares de los dueños del hotel. Tenían espaguetis con diferentes guisos, así que elegimos uno con pulpo y otro con mejillones. Aunque no era lo que habíamos pensado, cenamos bien y, además por primera vez en el viaje, con vino tinto.
Al terminar de cenar, nos fuimos. Las calles estaban ya bastante vacías y no había ambiente en ellas.
8º día Final del viaje.
Ya estamos en nuestro último día de viaje.
Nos levantamos a tomar el desayuno preparado por dos mujeres marroquís que tenían una discusión increíble, a voces. Nos lo sirvieron en la primera planta, en un rinconcito en el que había dos mesas para los 9 huéspedes que debíamos estar.
Allí dejamos el equipaje y nos fuimos de paseo. Vimos la ciudad de día, fundamentalmente dos calles largas, llenas de comercios variados. En una de ellas, estaban poniendo vallas y limpiando de gente la policía puesto que debían de tener la visita de alguna persona importante. En esta calle estuvimos probando kioscos con dátiles para comprar y traernos a España. Compramos 3/4 de kilo. Vimos también uno de sus mercados, en el que se vendían pollos vivos, pescados, etc.
Salimos a ver la playa, que era ancha, larga, con arena fina y bonita al tener forma de bahía, pero donde estuvimos paseando fue por el puerto. Allí había muchos pequeños pescadores que exponían sus pescados para vender al público. Amarrados estaban muchísimas pequeñas barcas que ya habían salido a pescar y vuelto para vender. Había pescado muy variado: mucha gamba, algún marisco raro, pulpo, mejillones y variedad de peces, pescadilla, rape, etc. En una plaza, se habían instalado varias carpas y un pequeño kiosco en el que se podía elegir el pescado o marisco que se quería y en la carpa que se eligiera te lo hacían a la plancha o guisado, según el gusto del cliente. Los precios eran europeos.
Ya a las 12:30 fuimos a por las maletas para emprender camino de vuelta hacia el aeropuerto.
Este viaje ha estado lleno de anécdotas y no podían faltar para este último día.
- La primera fue que, a pesar de haber impreso los billetes de avión unos días antes en Zagora, no nos fijamos bien y habíamos vuelto a imprimir los de Madrid - Marrakech. Así que en carretera, tuvimos que parar en alguno de los pueblos por los que se pasa y buscar un lugar donde pudiéramos imprimirlo. Menos mal que encontramos uno, no sin un buen rato de dudas porque no se recibía, porque no funcionaba el bluetooth, porque el correo se había puesto mal, etc.... Finalmente salimos con los dos billetes en papel, como exige Raynair.
- La segunda y última del viaje fue al llegar al aeropuerto. Nada más acceder a él estaba Lahcen, el dueño del coche, esperándonos en la entrada al parking. Nos hizo un gesto señalando el coche y pensábamos que se refería a una arañazo. Y no, señalaba la rueda trasera del conductor que llegaba completamente desinflada; debimos de pinchar un poco antes de llegar y no llegamos a notar nada. ¡Que suerte! Si nos toca en carretera, hubiéramos perdido tiempo y no sé si hubiéramos llegado a coger el avión, aunque llegamos con dos horas de antelación.
Bueno, allí dejamos el coche y empezamos los papeles y controles típicos de Marruecos, Raynair y de los aeropuertos internacionales. El avión salió a su hora y a las 9:00 estábamos en Madrid - Adolfo Suárez.



















